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Quién es Eduardo Belliboni: el piquetero que se convirtió en un dolor de cabeza para Alberto Fernández y Rodríguez Larreta

De un balazo en la cabeza, un día cualquiera. En 1977 Eduardo Belliboni se había convencido de que lo matarían durante su conscripción en el Regimiento de Patricios, cuando los militares se enteraran de que su hermano era un activo delegado gremial de luz y fuerza. El pánico le provocó un estreñimiento que duró 10 días.

Pensó que estaría a salvo cuando logró ingresar a la orquesta del regimiento, a pesar de que no era músico y de que apenas sabía tocar la guitarra. Zafó de la primera parte de la instrucción, la más dura, pero la banda se disolvió y tuvo que quedarse 18 meses en la infantería de Patricios, a la espera de la guerra con Chile que no fue.

No lo mataron entonces y tampoco murió hace 3 años, cuando le hicieron dos by-pass gástricos y le colocaron 7 stents. “Me cambiaron todos los caños. Vamos a ver cuánto duran”, dice con una sonrisa y 62 años el referente del Polo Obrero mientras apura un tostado y un café, minutos antes de reunirse con el ministro de Desarrollo Social y dos semanas después de realizar un acampe de 48 horas en la 9 de Julio.

Eduardo Belliboni, antes de ingresar a la reunión con Juan Zabaleta, el jueves 7 de abril. 
Foto Juano Tesone -

Eduardo Belliboni, antes de ingresar a la reunión con Juan Zabaleta, el jueves 7 de abril.
Foto Juano Tesone –

Calcula que junta entre $ 50 y $ 60 mil por sus changas como electricista y asegura que siempre donó la totalidad de sus honorarios como asesor del legislador porteño del FIT, Gabriel Solano. Sus detractores dicen que eso es falso. pero que “Chiquito”, como casi todo el mundo lo llama, se cree sus mentiras.

No es la primera vez que es asesor, como él mismo recuerda. También figuró en la nómina del ex diputado bonaerense Guillermo Klein. Nunca cobró un plan social, como los que reciben, según sus números, 50 mil integrantes del Polo.

“No gasto casi. Tengo mi casa y estoy solo”, asegura el piquetero que se convirtió en la cara visible de los acampes que son un dolor de cabeza para Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y para los miles que sufren los cortes.

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Vive en el mismo monoblock de Burzaco al que su familia se mudó desde Banfield hace casi 50 años, cuando su padre, militante peronista, dejó de ser colectivero para entrar a la antigua compañía eléctrica estatal, Segba. El mundo se derrumbó bajo sus pies cuando el viejo Belliboni murió. El hermano, con apenas 13 años, entró como cadete a Segba y se convirtió en el sostén familiar. La madre, ama de casa, abrió un kiosco-librería y le fue mal. Eduardo la ayudaba.

Terminó la primaria y nunca más volvió a la escuela. Sus mejores amigos son destacados profesionales, como el psiquiatra Carlos Názara o el jefe de clínica del Argerich, Adolfo Wachs.

Pero Chiquito tenía que trabajar. Así que repartió cigarrillos y consiguió un puesto en una fábrica de plástico, en Lanús Oeste, que cerró de un día de para el otro. Cuando salió de la colimba, fue obrero metalúrgico en la construcción. Aunque asistió al funeral de Perón; con el regreso de la democracia empezó a militar en el Partido Obrero, la única fuerza a la que votó desde 1983. Ese mismo año nació su única hija, Josefina.

En el ferrocarril, donde ingresó justo antes de las privatizaciones, se ganó el apodo de Pequeño Juan, como el amigo de Robin Hood, un homenaje a su metro noventa y seis de altura y a su trabajo gremial. Tras una protesta en Constitución, estuvo dos días detenido y 30 años después insiste en que no tenía nada que ver. Lo echaron porque organizó una comisión de delegados paralela y no tenía fueros gremiales.

Las cosas solo estaban a punto de empeorar. Se convirtió en colectivero de la línea 160. “Es el peor trabajo si querés ser una persona normal. Nunca sabés cuándo dormir”, recuerda sobre los horarios variables en el que tenía que cumplir el recorrido de 12 horas desde Ciudad Universitaria a Claypole-Don Orione. Al final, como en el ferrocarril, lo despidieron por “lo mismo de siempre”, porque intentó crear una línea independiente a la dirección del gremio.

El fin de la convertibilidad lo encontró adentro de un Fiat Duna, como remisero. En 2000, el Partido Obrero decidió organizar su brazo piquetero: el Polo Obrero, a cargo de Néstor Pitrola. Las cosas tardaron en mejorar. A sus horas como remisero, ahora en un Renault 19 (que más tarde le robaron), les sumó trabajo territorial en Lomas de Zamora y changas como electricista.

De manera intermitente siguió con el remís hasta 2017. No le quedaba mucho tiempo entre asambleas, marchas y entrevistas con funcionarios y con periodistas de televisión y radio. “A Chiquito le gusta demasiado la cámara, pero no es runfla. Es un fundamentalista”, se queja un funcionario de la gestión de Carolina Stanley al que le tocaba lidiar con Belliboni. En la administración de Zabaleta dicen cosas parecidas. El ministro, que el lunes volverá a recibirlo con la esperanza de evitar otra protesta, lo reprendió por robarle una foto con el celular en un encuentro reciente. 

En el peronismo y en el PRO utilizan casi las mismas palabras para describirlo. “No importa el tiempo y el espacio: siempre dice que todo está a punto de estallar y pide más planes”, sostiene un ex funcionario que lo trataba. Belliboni no tiene dudas. “Lo peor fue 2001, porque hubo muertos, no había trabajo ni una red. Pero ahora se está generando un clima para justificar la represión”, alerta.

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