Los detalles jamás contados del asesinato de las monjas francesas en Buenos Aires

Jueves, 8 de diciembre de 1977, cerca de las 21 h

Los coches del Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada llegan con la religiosa Alice Domon y sus compañeros a la parte trasera del Casino de Oficiales de la ESMA.

Suboficiales y guardias, junto con los hombres que participaron de los secuestros, sacan a los detenidos, gritando y golpeándolos. Los hacen caminar en fila, encapuchados, esposados y engrillados. Los marinos conducen a los detenidos al sótano. Es un espacio rectangular, de 30 x 10 metros, sostenido por columnas de hormigón pintadas y delimitado por muros de cemento gris y húmedos.

Todavía en fila india y a ciegas, los prisioneros avanzan a lo largo del pasillo central, que atraviesa el recinto y está bordeado por una serie de pequeños cuartos, cuyos techos y paredes están hechos de madera aglomerada liviana y pueden armarse y desmontarse rápidamente. 

Le´onie Duquet y una profesora en el colegio del Sagrado Corazo´n de Castelar (1977)

Los marinos hacen sentar a sus víctimas en bancos de madera, excepto a una, a la que hacen caminar varios metros más. Llegan frente a una hilera de cinco habitaciones numeradas del 11 al 15, a las que llaman «salas de máquina». Entran en la más grande, «la 13». Tiene una cama de hierro, de color verde, sin colchón, bastante baja y empotrada en el suelo, con respaldo en cada extremo. Además, cuatro sogas están atadas al catre.

Unos pocos minutos después, los detenidos esclavos que trabajan en el sótano comienzan a escuchar música a todo volumen. A pesar de esto, y aunque las puertas de los compartimentos donde se desempeñan están cerradas, oyen fuertes gritos que vienen del fondo del pasillo. Ricardo Coquet trabaja en el cuarto de “Diagramación”. En un momento dado, ve a una mujer que es llevada de una sala de tortura al baño por un guardia. La cautiva, que tiene la cara descubierta, avanza con dificultad y casi es arrastrada por el guardia, quien le dice:

—Vamos, hermana, camine.

Una prisionera suele andar de esa manera tórpida después de haber sido sometida a la picana en la vagina.

Léonie Duguet, a la derecha y Alice Domon. La foto de ambas fue tomada en la ESMA por sus captores, cuando ya las habían sometido a torturas de todo tipo. Los marinos pretendían hacerlas pasar por Montoneras para justificar su secuestro.

Léonie Duguet, a la derecha y Alice Domon. La foto de ambas fue tomada en la ESMA por sus captores, cuando ya las habían sometido a torturas de todo tipo. Los marinos pretendían hacerlas pasar por Montoneras para justificar su secuestro.

Viernes, 9 de diciembre de 1977, cerca de las 8 de la mañana

Carlos García es un prisionero de 27 años. Realiza trabajos manuales para los marinos. Suele hacerlo en el sótano durante parte del día. El resto del tiempo, está tendido en una “cucha” ubicada en el primer tramo de Capucha (como se llama a ese sector de la ESMA). No tiene la vista tapada.

Montserrat (una monja de la misma orden) y Alice en Francia (1975)

Montserrat (una monja de la misma orden) y Alice en Francia (1975)

Mientras él se levanta para ir a trabajar, divisa a una mujer tendida en un cajón contiguo al suyo. Ve que está encapuchada y esposada de manos y pies. Comienza a charlar con ella a través del panel de aglomerado. Los guardias no les impiden hacerlo. La prisionera se arrodilla, poniéndose así a la altura del tabique.

—Soy la hermana Alicia (Domon). Me secuestraron con otras personas. Creo que se llevaron a un chico rubio (se refiere a Gustavo Niño, el alias de Alfredo Astiz, que fue quien las engañó y diseñó el secuestro). ¿Cómo está? ¿Cómo están las otras personas que estaban conmigo?

—Están todos bien.

García contesta de esta manera porque vio a los presos que llegaron a Capucha al mismo tiempo que su vecina.

Un guardia viene a buscar al detenido y lo lleva al sótano.

Alice Domon

Alice Domon

Domingo, 11 de diciembre de 1977, alrededor de las 6 de la mañana.

Lila Pastoriza se está despertando en su cajón. Ve nuevos ocupantes. La detenida esclava le pregunta al guardia si puede ayudarlo a servir el mate cocido. Quiere ver a los recién llegados y preguntarles si necesitan algo. El guardia acepta.

La mujer de 35 años y el muchacho empiezan su tarea. Pastoriza se dirige al cajón ubicado al final del grupo nuevo. Allí ve a una señora grande, que lleva una venda en los ojos y está sentada en una colchoneta.

—Hoy es domingo, el día del Señor, oremos —dice esta cautiva, muy suavemente—. Antes que a mí, trajeron a mi hermana, ¿cómo estará mi hermana? Quiero rezar por ella.

Pastoriza cree que esta mujer le está hablando de su hermana de sangre. Le parece que está totalmente desorientada y que no tiene ni idea de dónde está. No se da cuenta de que es francesa, ya que la forma en que habla el español no le llama la atención. Tampoco nota que es una monja.

—Ayer vinieron a buscarme a mi casa.

—¿La torturaron?

—No.

Llega el guardia.

—Es el día de Dios. Tenemos que orar —repite Léonie para el muchacho.

Este último está aún más sorprendido que Pastoriza. Mira a la esclava, le pregunta  ¿qué le pasa? ¿será muy católica?

Pastoriza intercambia unas palabras más con la cautiva. Entonces el guardia le dice:

—Vamos.

La joven obedece.

Domingo, 11 de diciembre de 1977, alrededor del mediodía.

Graciela Daleo suele realizar trabajos intelectuales para el GT. Es conducida de Capucha al sótano por un guardia. Le toca lavar los platos que otros detenidos esclavos han usado en este último recinto para el almuerzo.

La cautiva de 29 años se dirige al «laboratorio viejo», que sirve de pequeño comedor y en el que hay una pileta. Al entrar en esta pieza, ve a una mujer encapuchada y sentada en un banco. Nota que es una persona mayor y que tiene moretones en los brazos. Se acerca a ella y la abraza.

—¿Puedo hacer algo por usted?

—¿Me puede dar un café?

Inmediatamente después, el guardia a cargo de la vigilancia interna entra en el compartimento.

—Hermana, ¡ya le dije que no podía hablar con nadie!

El muchacho hace salir a Daleo.

Esta última ha entendido que acaba de encontrarse con una monja, pero no sabe que ella se llama Léonie.

Léonie Duquet.

Léonie Duquet.

El origen de la órden

La orden de las Misiones Extranjeras nació en 1931 cerca de Toulouse, Francia. Uno de sus principios era vivir como los demás, en medio del pueblo. Su cofundador, un sacerdote francés, solía decir que había que “dar la vida por el otro”. La otra fundadora fue María Dolores Salazar de Frazer, una mujer argentina de una familia terrateniente adinerada. La mayoría de las monjas de la congregación se marchaban a Asia. Pero Frazer también quería enviar algunas de ellas a la Argentina. Éste fue el caso de Léonie Duquet y Alice Domon.

Ambas religiosas eran de origen campesino. Nacieron y crecieron en aldeas situadas en la región de Franche-Comté, en el este Francia, cerca de la frontera suiza. Léonie Duquet nació en 1916. Llegó a la Argentina en 1949 y permaneció sucesivamente en Córdoba, Hurlingham, Malleo (en la precordillera de los Andes, viviendo con mapuches), Morón y Ramos Mejía.

Alice Domon nació en 1937. Llegó a la Argentina en 1967 y estuvo en Morón, luego en la Villa 20 de Lugano y después en Perugorría, un pueblo de la provincia de Corrientes (viviendo y trabajando con campesinos cultivadores de tabaco, muchos de los cuales militaban en las ligas agrarias).

En estos distintos lugares, ambas monjas enseñaron catequesis, proporcionaron cuidados de enfermería y ayudaron a los pobres, por ejemplo, realizando acciones prácticas, creando comedores o acompañándolos en los trámites administrativos.

Alice y Léonie no pertenecían a ningún movimiento político. Pero por su vocación de ayudar a los más necesitados, se acercaron naturalmente a militantes peronistas o a miembros de las ligas agrarias. Sin embargo, su actividad siguió siendo exclusivamente social.

En 1975, ambas monjas decidieron dejar su congregación, junto con otras 18 hermanas. Querían una inserción más profunda entre los pobres y cumplir su misión a toda costa, sin privilegios.

En abril de 1977, Alice Domon llegó a la ciudad de Buenos Aires. Quería hacer trámites para campesinos de Perugorría que estaban detenidos o desaparecidos. Cerca de fines de mayo, conoció a mujeres que desde hacía poco se manifestaban todos los jueves en la plaza de Mayo. Estas últimas le explicaron sus acciones. La monja les ofreció su colaboración, que ellas aceptaron. Empezó a unirse a sus marchas todos los jueves. Se puso a hacer las mismas cosas que ellas. Además, se integró al Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos.

Mientras tanto, Léonie Duquet daba clases de catequesis en el colegio del Sagrado Corazón de Castelar. También lo hacía en el barrio donde vivía, en Ramos Mejía. Allí ayudaba a los pobres y a familiares de desaparecidos. Asimismo, apoyaba a Alice, a quien recibía a menudo en su casa.

Las Madres de Plaza de Mayo no querían que los hombres se acercaran a su movimiento, ya que temían que fueran secuestrados. Pero el teniente de fragata Alfredo Astiz, miembro del Grupo de Tareas 3.3.2 de la Armada, consiguió infiltrarse, bajo el alias de «Gustavo Niño»: les decía que tenía un hermano desaparecido.

Las mujeres, especialmente Azucena Villaflor de De Vincenti, su líder, sentían compasión por ese chico rubio. También Alice Domon. Lo veía a menudo y temía por él. Gustavo solía saludarla de forma demostrativa, siempre con un beso. La tuteaba. Se comportaba con ella de la misma manera que con las madres.

Azucena Villaflor, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo.

Azucena Villaflor, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo.

Astiz observó la fuerte influencia y combatividad de las madres y los familiares de desaparecidos, que Alice apoyaba mucho. A principios de diciembre de 1977, estos últimos estaban a punto de publicar una solicitada en el diario La Nación, con cerca de mil firmas (esta solicitada salió el 10 de diciembre a pesar de los secuestros).

LOS SECUESTROS

Léonie Duquet en Francia (1970)

Léonie Duquet en Francia (1970)

En la tarde del 8 de diciembre de 1977, los marinos del GT3.3.2 capturaron primero a Remo Berardo, un familiar de desaparecidos que tenía cada vez más dudas sobre Gustavo Niño. Luego secuestraron a dos compañeros suyos, Horacio Elbert y Julio Fondovila.

Todavía el 8 de diciembre, al principio de la noche, frente a la iglesia de la Santa Cruz, los marinos se llevaron a Alice Domon, a dos madres de Plaza de Mayo (María Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga) y a cuatro militantes o simpatizantes del Partido Comunista (Raquel Bulit, Eduardo Horane, Patricia Oviedo y Ángela Auad).

Dos días después (el 10 de diciembre), capturaron a Azucena Villaflor y a Léonie Duquet una tras otra. En diciembre de 1977, Alice Domon tenía 40 años. Era delgada y tenía los hombros anchos y huesudos. A veces, la gente decía de ella: «Mirá vos, una monja, ¡tiene un lindo cuerpo!». Era conocida como una mujer activa, que caminaba erguida.

Léonie Duquet tenía 61 años. Era regordeta y se parecía a una abuela. Su cara redonda solía transmitir tranquilidad. Solía andar con el paso tranquilo y firme.

Alfredo Astiz, en el año 2000, durante el juicio por la desaparición y el asesinato de las religiosas francesas.

Alfredo Astiz, en el año 2000, durante el juicio por la desaparición y el asesinato de las religiosas francesas.

Regreso al cautiverio

Tarde del domingo 11 de diciembre de 1977

En el tercer piso del Casino de Oficiales, Andrés Castillo está alojado en una celda. Esta pequeña habitación queda casi enfrente del cuarto de baño. El prisionero esclavo va allí. Es llevado por un guardia, aunque sólo tiene que caminar unos pocos metros. Tiene los ojos vendados.

Castillo y el guardia llegan a destino. Se encuentran con otro guardia, apostado delante de la entrada, quien le dice a su colega:

—No se puede entrar porque está la monja.

El cautivo nota que la vigilancia es estricta, ya que el guardia que acaba de hablar sigue al pie de la letra las instrucciones de los jefes del GT3.3.2, que consisten en hacer ingresar a los prisioneros uno a uno al cuarto de baño. Mientras aguarda, se levanta la venda que le cubre los ojos. Luego ve que en la sala hay una señora mayor, gruesa y de pelo canoso.

Léonie sale. Castillo no sabe su nombre. Observa que ella presenta signos de tortura. Ve en particular que camina con gran dificultad, de una manera típica de las mujeres que han recibido la picana en la vagina.

La ESMA, el lugar de cautiverio de las monjas francesas durante la dictadura militar en Argentina

Lunes, 12 de diciembre de 1977

María Alicia de Pirles, apodada Susana, es una prisionera esclava. Tiene 32 años. Se encuentra en el cuarto de baño, en el tercer piso del Casino de Oficiales.

—Susana, eh, ¿usted tiene una camisa para la hermana? —le pregunta un guardia bastante jovencito.

—Dale, sí, sí, tengo la ropa del Pañol.

—La puedo llevar a la búsqueda y entonces la traemos.

—Dale.

El «Pañol chico» es un armario situado en Capucha, donde se guardan ropas, carteras y zapatos que han sido robados a personas secuestradas.

El guardia lleva a Pirles a Capucha. La detenida recupera una blusa, y luego regresa al baño con el chico. Al entrar en este cuarto, se encuentra con una prisionera.

—¿Vos sabés qué pasó con el muchachito? —pregunta esta mujer, muy preocupada.

—¿Qué muchachito?

—El muchachito rubio.

—¡Ah! ¡Astiz! Ése es el que las entregó, el que las trajo a todas ustedes acá.

A pesar de todo, la monja continúa.

—Soy la hermana Alicia…

—Sí.

Las dos detenidas no pueden continuar su conversación. La religiosa se queda con la blusa.

Primer tramo de Capucha

Primer tramo de Capucha

Miércoles, 14 de diciembre de 1977, cerca de las 19 h

Alice y Léonie están sentadas, cada una en una silla, frente a una mesa y de espaldas a la pared que da al pasillo central del sótano. Están encapuchadas y tienen grilletes en los pies.

Alice viste una blusa celeste de manga corta con un estampado de grandes flores blancas y una pollera gris oscuro. En cuanto a Léonie, lleva una camisa de manga larga celeste con un estampado de flores pequeñas y botones chiquitos.

Detrás de las monjas, una bandera con la inscripción y el emblema de los Montoneros cuelga en la pared.

La sala mide aproximadamente cinco por cuatro metros. Recientemente fue nombrada «La Huevera». En efecto, el GT3.3.2 está cubriendo las paredes con cartones de huevos, por medio del trabajo de prisioneros esclavos. Pero ahora mismo estas obras no se están llevando a cabo.

Los guardias que trajeron a las monjas les quitan las capuchas. Alice y Léonie se ven de cerca por primera vez en la ESMA. Las dos tienen la cara demacrada. Alice tiene los brazos morados y la boca reventada. Léonie también presenta moretones, especialmente en el cuello y los brazos.

Además de los guardias, están presentes dos oficiales, Héctor Febres y Raúl Scheller, así como dos detenidos esclavos, Marcelo Hernández y Miguel Ángel Lauletta.

En el baño contiguo a la sala, Ana María Soffiantini, otra esclava, ve a través de un hueco en un tabique de aglomerado que Febres está amenazando y golpeando a las monjas con una manguera gruesa, similar a la de una aspiradora.

Marcelo Hernández tiene unos 28 años. Cuando llegó a la ESMA, dijo que era fotógrafo. Los marinos lo obligan a hacer este trabajo. El detenido ha instalado su material. El capitán de corbeta Jorge Acosta, el líder del GT3.3.2, le ha ordenado que las monjas llevaran un diario para probar la fecha actual. Hernández le entrega a Alice una copia de La Nación y le pide que la sostenga en una mano, mostrándole cómo posicionarla frente a la cámara. La monja sigue sus indicaciones.

Jorge Tigre Acosta, durante el juicio en el que fue condenado por el secuestro y desaparición de las monjas y por el crimen de Rodolfo Walsh.

Jorge Tigre Acosta, durante el juicio en el que fue condenado por el secuestro y desaparición de las monjas y por el crimen de Rodolfo Walsh.

Miguel Ángel Lauletta tiene 30 años. Ha venido al sótano a petición de Acosta, que quiere saber si las fotos se pueden usar para hacer diariamente un montaje con las monjas que tendrían el periódico del día. En efecto, el capitán desea que se crea por un tiempo que ellas aún están vivas.

En el cuarto de baño, Soffiantini sigue mirando a través de la brecha. Ve que Febres continúa amenazando a las monjas.

Estas últimas ya no dicen nada. Lauletta piensa que parecen muy serias y aterrorizadas.

El «fotógrafo» nunca conversó con ellas. Ahora tampoco lo hace. Pero ve que Alice lo está mirando. Entiende que a través de sus ojos, ella le está diciendo algo como: «Dale, yo sé que estás detenido como yo y que lo tenés que hacer, te perdono».

Hernández pide a las monjas que miren hacia delante. Luego cumple su tarea. Se oyen los «Tac» y «Pum» de la cámara y el flash. Alice está mirando fijamente y aparenta estar enojada.

En cuanto a Léonie, parece más bien ignorar a sus secuestradores, volviendo sus ojos y su mente en otra dirección. De dos maneras distintas, cada una sigue mostrando su oposición y determinación.

La sesión termina. Las dos monjas son llevadas a la parte superior del edificio. Alice no puede caminar sola. Dos hombres tienen que sostenerla. En cuanto a Léonie, avanza con mucha dificultad.

Una vez más, las monjas son colocadas en cuchas.

Algunas horas después, serán conducidas al Aeroparque Jorge Newbery y luego arrojadas vivas y dormidas al océano Atlántico, junto con los diez compañeros secuestradas con ellas.

Ficha libro Callar seria cobarde

GS

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