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La difícil decisión que medita Alberto Fernández y el shock de 100 días de Horacio Rodríguez Larreta

¿Se viene un gesto público de insumisión de Alberto Fernández? ¿Se animará a hacerlo justo ahora, cuando su imagen sucumbe? ¿Será, incluso, algo más potente que un gesto? Sus apóstoles, los poquitos que lo rodean cuando analiza cuestiones sensibles, dicen que habrá que ver para creer, pero es lo que les promete por estas horas el Presidente en medio de la crisis política con Cristina y de los ataques permanentes y cada vez más desafiantes del cristinismo. ¿Se atreverá Alberto a un cambio en el Gabinete, por primera vez, sin consultarlo con la vicepresidenta? ¿Habrá rotación de nombres en el área energética que controla Cristina desde las sombras? ¿Se producirá una declaración que tienda a liberarse de su mentora y que la exponga ante la sociedad?

“Algo está en marcha y pronto habrá novedades porque el conflicto interno se ha vuelto insostenible. Será después de Semana Santa”, confía uno de los funcionarios que entra y sale con frecuencia de la residencia de Olivos.

Primero deberá pasar la tormenta que asolará sobre la Casa Rosada, prevista para el miércoles, cuando se difunda el número de inflación de marzo. El cristinismo afila los dientes, como si no fuera parte de la debacle. Pocos se ilusionan con que la suba de precios se ubique por debajo del 6%. Si supera el 5.9% dejará atrás el récord de la era Macri, que fue de esa cifra en setiembre de 2019, luego de la derrota en las PASO y de la corrida cambiaria. Y si pasa el 6,1% será la más alta para un mes desde abril de 2002, cuando el dólar saltó de 1 peso a más de 3.

A Fernández no lo estaría empujando el ímpetu ni la templanza, sino el instinto de supervivencia. Los gobernadores lo vienen criticando duramente, algunos delante de sus propios ojos. Varios de ellos sostienen que si no produce un golpe de timón podría ponerse en riesgo su permanencia en el cargo hasta diciembre de 2023. Y algún otro, como Jorge Capitanich, especula: el chaqueño trabajó en estos días en una cumbre de mandatarios con el propósito de presentarle una hoja de ruta a Alberto, aunque hay quienes sospechan que en verdad estaba operando para su propio proyecto presidencial. Capitanich sueña con ser uno de los bendecidos de Cristina en las PASO del año próximo. Los deberes, los hace.

Ninguno de los sindicalistas más cercanos a Alberto está dispuesto a poner el cuerpo si no se produce una reacción, y los empresarios, aun los que han comenzado a constatar un crecimiento en la facturación, le desconfían. Hasta sus ministros más leales temen estar dejando la piel, sacrificando el manejo de sus territorios, sin saber si no se los terminará devorando la coyuntura.

Las declaraciones de Roberto Feletti volvieron a tensar los vínculos en el Gabinete. Sus críticas abiertas a Martín Guzmán y su vaticinio de que “esto se va a poner feo”, casi pronosticando un cataclismo, fueron en simultáneo una estocada para el primer mandatario. Fernández se vio obligado a reconocer ante sus funcionarios que Feletti es parte de una estrategia para horadar al Ejecutivo y a Guzmán, al que Cristina quiere afuera hace tiempo.

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“Está abrumado. No aguanta más. Se va”. En el momento exacto en que llegaba ese mensaje al teléfono de varios periodistas, seis minutos después de las ocho de la noche del viernes, Martín Guzmán estaba reunido en Brasilia con Paulo Guedes, el ministro de Economía de Jair Bolsonaro. Al salir de esa cumbre, nadie quiso llevarle las malas noticias: que desde Argentina preguntaban si estaba pensando en irse. Guzmán no lo tiene en sus planes.

Es la tercera semana consecutiva en la que el viernes, cuando empieza a anochecer, algún periodista recibe la advertencia de la supuesta salida del ministro. Los emisores son siempre devotos de Cristina, que hacen girar el rumor para que golpee las puertas del Palacio de Hacienda. Es parte del operativo de desgaste hacia la figura del economista -afectada, es cierto, por la intranquilidad que deriva de los altísimos niveles de inflación- y a la de Fernández.

Cristina considera que Alberto está utilizando de modo perverso su poder. Que sabe que ella no desea transformarse en Cobos ni en Chacho Alvarez y que esa seguridad le otorga impunidad para soslayar lo que ella dice o piensa. Los halcones de La Cámpora arremeten y, cuando es necesario, avanzan sobre las agrupaciones que sostienen a Alberto.

“Gritan, saltan, amenazan. Nos quieren hacer culpables de Alberto Presidente, pero esa responsabilidad es toda de Cristina”, confiesa uno de los integrantes de los movimientos sociales que forman parte del Gobierno. El hombre hace suyas las palabras de Máximo Kirchner. El diputado reveló hace muy poco que él no quería a Fernández y que se opuso a la designación de su madre. Un camporista, que pide expresamente que no se lo cite con su nombre, agrega: “Lo que algunos nos preguntamos hoy es por qué Cristina no fue candidata. Mano a mano conMacri ganábamos igual”.

En las mesas donde se discute poder o se trata de elucubrar lo que viene se pasa de las teorías conspirativas – que van desde un adelantamiento electoral a un inminente estallido en la alianza gobernante- a la necesidad de crear las condiciones para “salvar a la política” y que no emerja un “que se vayan todos”. Los horroriza que asome un personaje disruptivo y termine en el sillón de Rivadavia. Un Milei, por ejemplo, o alguno que se le parezca y aún no esté en los radares.

De eso y de muchas otras cosas se habló en la noche del miércoles en la casona de Juan Manuel Urtubey, en San Isidro. La convocatoria se le adjudica a Emilio Monzó, un dirigente que nació en la UCeDe que se hizo peronista y que, tras un paso por el kirchnerismo, terminó diseñando el esquema de alianzas de Mauricio Macri en 2015. En la última elección integró la lista de Facundo Manes y hoy está cerca de Horacio Rodríguez Larreta, aunque no está dicha la última palabra.

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En la mesa se sentaron, además de Urtubey y Monzó, los gobernadores Juan Schiaretti y Gerardo Morales; los diputados Florencio Randazzo, Graciela Camaño y Rogelio Frigerio; el radical y ex gobernador de Chaco, Ángel Rozas; y el intendente de Rosario, Pablo Javkin. Llegaron a las 20.30, cuando Urtubey ya había puesto la carne en la parrilla. “Yo hago un asado y me lleno de humo. Urtubey hace uno y sale con olor a perfume”, se indignó uno de los comensales. Se retiraron todos juntos, pasada la medianoche y tras varios descorches de exquisitos vinos salteños. La botella de whisky escocés, una pena, quedó sin tocarse.

El grupo se presenta bajo el pretencioso título de “mesa del diálogo argentino”. Sus integrantes proponen construir, si se permite la expresión, una avenida del medio, un homenaje tardío de varios de ellos para su amigo Sergio Massa. Basta de grietas. Moderación, moderación, moderación, remarcan.

Trabajarán en iniciativas que ayuden al próximo gobierno “le toque a quien le toque”. Uno de los miembros dice que Argentina pudo superar la hiperinflación de Alfonsín y la crisis de 2001 porque “se mantuvieron los acuerdos políticos”. ¿Alguno estará avizorando un escenario de esas características?

En San Isidro cambiaron opiniones sobre cómo llegar al equilibrio fiscal y sobre cómo achicar los planes sociales; analizaron cuál es la mejor manera de distribuir la coparticipación y debatieron la implementación de la boleta única. Schiaretti, para sorpresa de la mayoría que lo ve reacio a este tipo de cumbres, fue el que más habló. Pidió una baja de retenciones al agro y dio una cifra: dijo que Córdoba, según un informe de la Fundación Mediterránea, resignó 27 mil millones de dólares en 14 años.

Larreta celebró el encuentro. “Es el plan antigrieta que a nosotros nos gusta”, dicen a su lado. El alcalde atraviesa momentos de desasosiego. Sabe que el Círculo Rojo le está pidiendo definiciones, que sus rivales de la oposición tienen posturas más duras y teme que Mauricio Macri termine siendo candidato o que, como mínimo, condicione sus movimientos. No lo imaginaba hace un tiempo.

El jefe de Gobierno pule un plan económico para el que consulta a economistas de distintas escuelas. Si le toca ser presidente, tiene pensado desechar el gradualismo. Impondrá un shock. Medidas que puedan empezar a encarrilar los desastres macroeconómicos. Por ahora, pistas no da. Pero parece dispuesto a gastar todo el capital político en los primeros cien días de gobierno.

Macri, que viene de visitar a Trump en su residencia de Palm Beach -y de hacerle probar cerveza con naranja- le tomará el pulso a Larreta esta semana. Tienen agendado volver a verse. Amigos son los amigos. Dicen que hasta se sacarán una foto y la subirán a sus redes. 

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