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Juan Perón en la cañonera paraguaya: los secretos del exilio contados por los marinos que lo protegieron

La vida de Juan Domingo Perón es un tema virtualmente agotado en libros y estudios históricos. Sin embargo, un pasaje poco conocido es el periplo que lo llevó a refugiarse en la embajada paraguaya primero y en el buque de guerra “Paraguay” después, el 20 de setiembre de 1955, cuando en uno de esos días tormentosos los militares que lo derrocaron lo buscaron afanosamente para capturarlo (y eliminarlo, como aseguraba el caudillo que iba a ocurrir) cumplimentando así con el refrán de “muerto el perro, se acabó la rabia”.

El corresponsal de Clarín en Asunción hizo un compendio que saldrá publicado próximamente en forma de libro de varias horas de relatos con un grupo de veteranos marinos paraguayos reunidos en la residencia de su comandante de entonces, vicealmirante César Cortese, que rememoraron su inesperado protagonismo en el rescate del caudillo que permaneció por 13 días en su precario refugio flotante en el Río de la Plata a merced de los golpistas que movilizaron sus fuerzas por agua, aire y tierra para disuadirlo.

El incómodo huésped, la tripulación de unos 70 hombres y el mismo buque pasaron a ser peones de un mortal ajedrez que pudo haber tenido derivaciones más graves hasta que un hidroavión enviado desde Paraguay acuatizó para transportarlo al exilio en un dramático rescate en medio de un mar picado que obligó al piloto a utilizar toda su destreza para decolar en arriesgada maniobra despues de varios intentos.

Nunca antes se habían recogido tantos datos de los pensamientos y sentimientos de Perón en sus primeras horas de soledad y abandono (que él mismo denominó como los días más tristes de su vida) narrados por terceros, marinos extranjeros sin agenda política ni deseos de figuración, casuales testigos de su caída.


Juan Domingo Perón en 1955 en Asunción, pocos minutos antes de dar una conferencia de prensa.

En el encuentro con los marinos en la residencia de Cortese en Asunción -que llegó a comandante de la Armada paraguaya- estuvieron presentes el que fuera capitán de Navío retirado Escolástico Escurra, el capitán de Navío retirado Andrés Samudio, Francisco Clari Vega, el médico Rubén da Silva, jefe médico del buque Humaitá, gemelo del buque Paraguay, que había partido desde la capital paraguaya en principio para transportar a Perón a Asunción, un plan rechazado por los golpistas para evitar el reagrupamiento peronista en los puertos por donde debía pasar el barco.

La accidentada llegada a la cañonera Paraguay

Perón ingresó alrededor de las 11 de la mañana del 20 de setiembre al buque paraguayo, amarrado a la espera de reparaciones en la Dársena D del puerto. Era el cuarto día de la revolución. Lo acompañaba el embajador Juan Ramón Chaves y el agregado militar paraguayo, coronel Demetrio Cardozo.

Caía un chubasco frío y tormentoso con viento del sur. Cada cual estaba emplazado en su refugio contemplando el azote climático de ese día, de por sí revuelto por los dramáticos acontecimientos que se sucedían afuera. Inusitados movimientos de efectivos militares y vuelos rasantes de aviones destilaban un lúgubre olor a muerte y destrucción.

Juan Domingo Perón en 1955, a bordo de la cañonera Paraguay, en una de las pocas imágenes de su estadía.

Juan Domingo Perón en 1955, a bordo de la cañonera Paraguay, en una de las pocas imágenes de su estadía.

– “¡Entre pronto, general!”, le indicó el embajador. Lo flanqueaba su sobrino político, mayor Ignacio Chialceta, y su guardaespaldas, el comisario Rugero Zambrino. Este lloró de emoción por haber llegado vivo con su jefe a un lugar seguro. Fue un desahogo.

Habían esquivado a los golpistas desde Núñez (Virrey Loreto 2424 casi esquina Cabildo, donde vivía Cháves) en el Cadillac diplomático. Fue un viaje de adrenalina pura. La torrencial precipitación no se detenía. “Era agua helada, uno de los últimos estertores del invierno”, evocó el comandante Cortese.

El trayecto no era largo. Había que cruzar de Núñez a Palermo y luego por la costa hasta el puerto. “Tuvieron que haber tomado la avenida Libertador y doblado por Estación Eva Perón (hoy Estación Retiro). Por la Costanera era más peligroso porque había barreras y grupos de exaltados amenazantes y prestos a descargar su furia“, relató el capitán Escolástico Escurra, uno de los responsables de la nave.

Había charcos de agua por todas partes. Llegó un momento en que el coche no pudo continuar y ante una gran laguna y la vacilación del conductor, Chaves ordenó imperativamente: ¡”Atropelle”!

A la derecha, el comandante del buque Paraguay, César Cortese, durante el encuentro con el periodista de Clarín Hugo Ruiz Olazar en su casa.

A la derecha, el comandante del buque Paraguay, César Cortese, durante el encuentro con el periodista de Clarín Hugo Ruiz Olazar en su casa.

– “Y ahí se quedó”, relató Cortese. El agua llegó al distribuidor. El auto no volvería a arrancar hasta que se secaran los cables. Y toda maniobra rara en un Cadillac diplomático, hubiera alertado a indeseables. Los pasajeros se sintieron perdidos. Quedaron mudos y sin habla.

El entonces teniente de fragata Francisco Clari Vega también integrante de la tripulación recuerda una original versión del incidente. Chávez le pidió al general que se acostara en el asiento de atrás para que no se lo identificara. Fue en el preciso momento en que se acercó un ómnibus Mercedita con un solícito chofer que sacó el vehículo del charco.

La llegada a la fortaleza flotante fue propia de un thriller: Perón preguntó imperial: – “¡¿Dónde está el comandante?!” – “¡Soy yo, mi general!”, contestó Cortese, entonces con 31 años – “¿Usted es? Pero usted es muy joven! ¿Está seguro que puede manejar la situación?”, dijo en su acostumbrado tono de mando.

– “Tengo instrucciones de recibirle”, le dijo el militar paraguayo, y preguntó enseguida si estaba armado. El Presidente le contestó que sí y Cortese le señaló que tenía que entregar el arma. Perón además reportó una valija de la que no se despegaba y dijo: “Usted entenderá. Estoy en una circunstancia muy difícil, tengo documentos confidenciales y efectos personales“.

Cortese lo acomodó en su camarote, el mejor lugar del buque de hierro puro que actuó durante la Guerra con Bolivia (1932-35), al que se le había extraído la artillería y su munición de guerra antes de entrar en reparaciones.

La noticia de la presencia del pasajero se transmitió en guaraní al comandante de la Armada paraguaya por radio. “Peteí karaí pukú oú oiké oré apytépe, opytáse orendivé” (llegó un señor alto al buque y quiere quedarse con nosotros).

En la madrugada ya circulaba como reguero de pólvora que Perón se había refugiado en el buque. Se acercó un mensajero de la Prefectura. “Hay orden del comandante (Isaac Rojas) para que suelte amarras”. Cortese recuerda que le contestó: “Solamente obedezco órdenes de mi embajador”.

El mensajero, un oficial de Marina, se fue y volvió media hora más tarde. – “El comandante (Rojas) insiste en que tiene que abandonar el muelle. Dos remolcadores los ayudarán a retirarse“. Le advirtió que el buque podía ser blanco de un bombardeo.

La cañonera Paraguay, en una imagen de 2019, cuando fue restaurada para que pudiera volver a navegar.

La cañonera Paraguay, en una imagen de 2019, cuando fue restaurada para que pudiera volver a navegar.

– “Vamos a aguantar”, mintió Cortese. “Esa noche nadie durmió”, admitió Samudio. “Para peor, el comandante ordenó la formación de grupos de combate, con fusiles y granadas de mano. Era todo lo que teníamos para defendernos de cualquier ataque sorpresa”.

Como hacía bastante frío y Perón no llevaba ropa de repuesto ese primer día, el comandante le ofreció una campera de gabardina de color habano, con cierre cremallera forrada por dentro con tela roja, un atuendo de oficiales.

Al mostrar el forro rojo de su nuevo abrigo, Perón bromeó: “Mire qué bien preparado voy a ir al Paraguay”, aludiendo al color del Partido Colorado del dictador Stroessner.

Dirigiéndose a su sobrino Chialcetta preguntó en voz alta: “Che, Tito, ¿qué le pasó a este muchacho Lonardi? (en referencia a uno de los cabecillas del golpe ungido después Presidente). ¿Te acordás que lo mandamos a España como agregado para ayudarlo a que se compre un departamento y nos viene ahora con esto?”.

Del jefe de la Armada, Isaac Rojas, dijo: “¡Quién no lo conoce al ‘negro’. Es un loco…” Aquella primera noche en que el frío calaba hasta los huesos también dejó ventilar algunas expresiones de amargura, como esa que no olvidó Cortese: “La fuerza es el derecho de las bestias”.

Mientras los marinos del Paraguay se entretenían con el gentío que se formaba alrededor de la dársena D del puerto, los periodistas reclamaban que Perón apareciera al menos por un instante. Clarín recuerda que un reportero de la entonces famosa revista norteamericana Life ofreció 30.000 dólares por una foto de Perón en el buque.

“Teníamos órdenes estrictas de no permitir que se tomara una sola foto de nuestro huésped. Felizmente no estábamos en dique cuando se refugió el general. Ahí hubiese sido complicado. Estábamos en la posición de un convaleciente que espera entrar al quirófano”, comentó el capitán.

El comandante dijo no haber visto con sus propios ojos pero que estaba casi seguro de que Perón firmó su renuncia a la jefatura de Estado dentro del buque Paraguay. “La última vez que estuvo su ayudante, el mayor Renner, un descendiente de alemán, rubio, joven de ojos azules, llevó un papel que firmó el general. Yo no pregunté nada. Pensé que debía ser así, porque (la renuncia) era la condición para que se le conceda el salvoconducto“.

No obstante, el crispado ambiente permanecía latente cuando la tripulación de Cortese recibió la información de la llegada (desde Asunción al Río de la Plata) del (buque gemelo) Humaitá. Con la llegada del Humaitá se morigeró automáticamente la guerra de nervios, si bien las radios uruguayas no cesaban de pregonar la posibilidad de bombardeo.

El almirante Isaac Rojas intentó persuadir hasta lo indecible al comandante Cortese a que entregara a Perón. “Yo le contestaba que no le iba a poder resolver y que tenía que defender el derecho de asilo”. Cortese recuerda uno de sus contactos con Rojas cuando este le dijo: “Mire, Cortese, lo vamos a hundir si no entrega al general“.

“Yo le contesté: ‘Discúlpeme, si el Presidente quiere salvarse de otra manera es su propia decisión pero yo no voy a dejar la nave“. Su nombre era asociado con poco menos que con el diablo por los medios de prensa afines al nuevo régimen, aún los uruguayos y brasileños.

Durante su estancia en el buque, el Presidente adecuó el verso a la melodía que querían escuchar los paraguayos. Habló de la Guerra del Chaco (contra Bolivia) y la ayuda que prestó Argentina a Paraguay. “Yo ayudé mucho al Paraguay”, dijo en una de las tertulias con los marinos, según Cortese. “Recordó que el suegro del almirante Carpintero, siendo teniente coronel, era el que compraba armas de Bélgica para el Ejército paraguayo. Compraba a título del Ejército argentino y luego el armamento era transferido al Paraguay”.

El recuerdo de Eva Perón

“Si Evita hubiera estado, nadie nos hubiera traicionado”, también dijo Perón, lamentándose por haber confiado demasiado en su cuñado a través de quien, según confesó, le llegaron muchas informaciones en forma tergiversada y que a la larga lo debilitaron profundamente.

Uno de sus relatos inolvidables, según Cortese, fue la circunstancia de su primer casual encuentro con ella, la que sería después su mujer. Al entonces coronel Perón le encomendaron ir a San Juan en representación del Gobierno del presidente, general Edelmiro Farrel para administrar las medidas de socorro en el caso del terremoto que sacudió a esa región en 1942.

Había reunido a los artistas para recaudar fondos. No se ponían de acuerdo sobre la forma. La presidenta era Libertad Lamarque. Perón presidió una petit asamblea. Lamarque sugirió hacer una fiesta para pedir la colaboración voluntaria de la gente. De entre el conglomerado se levantó una mujer rubia que resaltaba entre las demás y en tono serio dijo: “Permiso. Yo propongo que no solo se cobre la entrada sino que se pida también un aporte voluntario. La gente tiene que colaborar”.

Juan Domingo Perón se embarca en la cañonera Paraguay tras el golpe de 1955. Foto: Colección Graciela García Romero

Juan Domingo Perón se embarca en la cañonera Paraguay tras el golpe de 1955. Foto: Colección Graciela García Romero

Perón le comentaba a Cortese: “Además de ser una buena moza, muy llamativa, la rubita tenía razón“.

La invitó a cenar a través de su ayudante. “Es Eva Duarte. Actúa en radionovelas“, le dijeron.

“Rápidamente me envolvió con sus conversaciones muy críticas y amenas. En la siguiente reunión ya se puso al lado mío. Desde ahí, desde San Juan, ya no nos separamos más. Me gustaba porque tenía mucho carácter. Era extraordinaria. Movilizaba todo. Después comprobé que lo extraordinario no dura mucho”.

Con la asunción de Lonardi, el 25 de setiembre, terminarían 10 días de caos y de desgobierno, un estadio seguramente provocado por los golpistas para eliminar al mayor número de sus enemigos, entre ellos, al caudillo, objetivo que les resultó esquivo.

Previniendo imponderables, Cortese ya había rescatado en esos días, bajo la orientación de Perón y la colaboración del ayudante de este, Renner, y del teniente Escolástico Escurra, unas cinco valijas con prendas de vestir y algunos objetos de propiedad del caudillo, abundante tinta, papel y, sobre todo, cigarrillos.

Una variedad de prendas y objetos diversos fueron confiscados por la Infantería de Marina. Ese día domingo 25, escoltado por los patrulleros King y Morature, el buque Paraguay levó anclas -a mano- y aun sin haber sido reparado zarpó lentamente para alejase de la costa (a 10 km), en medio de los insultos del público que paseaba a las tres de la tarde en La Costanera, recordó el capitán Samudio.

A medida que la nave avanzaba y se introducía al río, las oleadas violentas producidas por el viento conmovían como a un barco de papel las débiles estructuras del viejo cañonero que había sido enviado a Buenos Aires justamente para corregir peligrosos defectos adquiridos por sus años de uso.

A Perón se lo notaba afectado, desgastado por tantos días de enclaustramiento en un lugar extraño, con apenas un compatriota a su lado, el mayor Cialcetta, su sobrino. Su hombre de confianza.

“La pequeñez de estos personajes no es precisamente física”, decía de sus adversarios. Resplandecían sus lágrimas por el rencor, su dolor, su angustia, lo describió Samudio.

Entretanto, Chaves escuchó de los argentinos tres alternativas para conceder el salvoconducto. Una, la más descabellada, pretendía que se provoque su fuga. La segunda, algo más seria, planteó que el transbordo en el Río de la Plata se efectuara a un barco español que lo llevaría directamente a España. La tercera era que el ex presidente fuera trasladado hasta Aeroparque y recién ahí entregado para que volara en una aeronave paraguaya hasta Asunción. Lo rechazó de plano. “Me quieren tender una emboscada”, le dijo al capitán, En una nueva reunión con el nuevo canciller de Lonardi (Amadeo), el embajador desestimó las ofertas y le advirtió que Paraguay no reconocería al Gobierno militar basta tanto no se otorgara el documento de salida del asilado.

El ambiente en el barco se tornó insoportable. “Nos escorábamos (inclinábamos) hasta 45 grados. Ahí entendí por qué se hundieron tantos galeones españoles e ingleses con sus tesoros en el Río de la Plata”, reflexionó el que fuera guardiamarina del buque Humaitá, Aníbal Zarza.

El rostro de Perón y de su sobrino Chialceta exteriorizaban pesimismo. El caudillo fumaba sin cesar su “Saratoga” nacional y, ante una inquisitoria, tartamudeaba o respondía frases cortas con frialdad.

En una ocasión se produjo un brusco rolido del buque. Platos, vasos, cubiertos y otros objetos cayeron al suelo y se rompieron. Varios vomitaron. Se trataba de ondas lanzadas por buques que se desplazaban a gran velocidad.

El embajador Cháves vino al día siguiente a informar que el régimen militar prometió entregar el salvoconducto. Se notó una leve sonrisa en el huésped. Pero justo ese día la radio informó que habían robado el cadáver de Evita.

No quiso creer lo que escuchaba. “No es cierto. Su cuerpo está en la CGT”, dijo.

“Ni con sus mentiras ni el monopolio de todos los medios esta gente podrá gobernar por mucho tiempo. Este movimiento que me derrocó es un triunfo efímero de la clase parasitaria sobre la clase productora. Allí radica su debilidad”.

El dramático rescate del hidroavión

Cuando llegó el hidroavión del rescate el 2 de octubre, le costó despegar por el oleaje.

Al general Perón nunca se le borró de la retina el incidente.

El subteniente Edgar Usher (retirado como teniente coronel), en ese entonces ayudante del capitán Leo Nowak y de su copiloto teniente Angel Souto, describe ese momento como altamente crítico.

“No fue una sola corrida (para decolar). Fueron varias, cuatro o cinco, no recuerdo. Cada vez que el avión tomaba velocidad, caía de nuevo. Eran olas muy pronunciadas que absorbían al aparato”.

En el último intento, el más peligroso de todos, Nowak tiró del timón para despegar y las olas por milagro no tocaron la punta. Por poco rozamos los mástiles de un barco. Una de esas olas grandes nos favoreció porque sirvió de catapulta para el lanzamiento. Es difícil describir lo que se sentía. Era la primera vez que hacíamos algo parecido en el mar. Estabamos entrenados para hacerlo sobre agua de río”. Finalmente, el guapo aparato norteamericano decoló. Fue una indescriptible sensación de felicidad”, rememoró.

Al Perón se le humedecieron los ojos de la emoción, asegura.

El capitán Escolástico Escurra, uno de los marinos paraguayos que recibieron a Juan Domingo Perón.

El capitán Escolástico Escurra, uno de los marinos paraguayos que recibieron a Juan Domingo Perón.

Hasta llegar a Asunción, cazas argentinos volaron amenazantes muy cerca. El Operativo rescate fue más dramático y peligroso de lo que se cree, coincidieron los marinos paraguayos que salvaron a Perón.

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