El ex montonero Fernando Vaca Narvaja y una “contraofensiva” a la dictadura, que sólo fue matanza

Fernando Vaca Narvaja, uno de los altos jefes montoneros sobrevivientes de las ordalías y el salvajismo político de los años 70, acaba de reaparecer en la escena pública en un extenso reportaje del periodista Tomás Rebord, en el canal de Youtube “El método Rebord”.

El líder guerrillero de aquellos años dejó definiciones picantes como que la dictadura no cayó como consecuencia de su desastrosa aventura en Malvinas (1982), sino como producto del desgaste operativo que le venían causando las organizaciones guerrilleras, razonamiento que lo llevó a conjeturar que la llamada “contraofensiva montonera” (1979 y 1980), fue el mayor fundamento del retroceso de los dictadores en el poder y su posterior retiro del mismo.

Vaca Narvaja contó la historia a su modo, sin sustento en ninguno de los trabajos de los analistas y estudiosos del fenómeno. Más relato que verdad histórica.

La operación de la contraofensiva se realizó en dos fases, en años consecutivos, pero la de mayor envergadura (1979), costó la vida, según estiman diversas fuentes que la investigaron, de más de un centenar de cuadros militantes, llevados, indefensos, a una ratonera.

Fernando Vaca Narvaja, durante la entrevista que dio días atrás al periodista Tomás Rebord.

Volvieron al país desde el exilio alentados por su cúpula dirigencial para consumar “la toma del poder” y en cambio fueron cayendo de a uno, como gorriones indefensos en las jaulas que los sicarios de la dictadura les tenían preparadas. Los estaban esperando, con información precisa. Un final cantado para esos cuadros militantes, algunos de relieve, quienes habían creído en la estrategia de sus jefes, que no estaban al frente de la tropa cuando había que jalar los gatillos y defender la vida a cohetazos.

La «contraofensiva», un desastre​

El profesor inglés Richard Gillespie, autor de “Montoneros, soldados de Perón”, una de las investigaciones más reconocidas y citadas sobre los comandos armados montoneros, descalificó lo que hoy Vaca Narvaja exalta: “La contraofensiva montonera de 1979 fue un desastre desde el comienzo hasta el final. Una exhibición más de militarismo, pese a las afirmaciones guerrilleras de que lo que se preparaba era una contraofensiva ‘popular’…Según su análisis de la situación, había en aquel momento una posibilidad real de que los trabajadores se apoderaran de la calle, de que se recuperasen los derechos sindicales, de que se derribara a Martínez de Hoz (el súper ministro de economía ultra liberal) y de que se dividieran las Fuerzas Armadas, obligando a éstas a una desbandada.”

Nada de eso pasó: todo terminó en otra matanza. En verdad el único conato de rebeldía visible ante el régimen de Videla y compañía fue la huelga general del 27 de abril de 1979, motorizada por la “burocracia sindical” de la CGT, como la llamaban los combatientes para bajarle el precio a la CGT, en la que asomaba entonces Saúl Ubaldini, un dirigente joven que oxigenó a las viejas guardias gremiales, pero que nunca olvidó los asesinatos de los cuadros sindicales más relevantes, a mano de Montoneros, el ERP y otras bandas armadas.

Gillespie dijo más sobre aquella frustrada convocatoria armada en presunta defensa de la Patria y de la restauración democrática: “Las pérdidas fueron sin duda irreparables, pero, después de que los sobrevivientes hubiesen abandonado la Argentina a finales de año, los mariscales de la derrota, insistiendo en sus juicios anteriores, declaran que la decisión de lanzar la contraofensiva había sido ‘correcta y oportuna’ Mario Firmenich -quien junto a Vaca Narvaja había estado a mediados de 1979 en Managua, siendo fotografiado junto a los comandantes sandinistas en ropa de combate frente a unas cajas de suministros de la Argentina a Somoza- dijo: ‘Es obvio que de haber ocurrido la movilización sindical a Plaza de Mayo, otro hubiese sido el efecto político’…”

De un modo u otro, Montoneros expiaba sus culpas con la demonizada “burocracia sindical.” Por esa contraofensiva militarmente ingenua y políticamente huérfana, el juez Bonadío lo procesaría en 2003 junto a Roberto Cirilo Perdía, en una causa que no prosperó. No hubo delito. Hubo negligencia política. Y un grave error estratégico.

Una visión congelada en el tiempo

A los 74 años, Vaca Narvaja se vio en la entrevista congelado en el tiempo. Como cautivo de un pasado del cual no puede escapar, lució cómodo con una historia blindada, sin aproximarse a una verdad que merezca cierto consenso colectivo.

Un imaginario de la antigua conducción, que llevó de las narices a la muerte a una generación que aspiraba a cambiar el mundo, inspirada no sólo por los jefes montoneros. También por la efervescencia en principio justiciera de la revolución cubana, potenciada por el poder simbólico que encarnaban la rebeldía del Che Guevara, la insolencia del Mayo Francés contra el sistema y, ya en el terreno cultural, los aires libertarios de Woodstock.

Multitudes en busca del cambio con fusiles o sin ellos. Montoneros y tantas otras elites violentas eligieron la vía armada. En los hechos, aunque lo negaran, se alinearon más cerca del estalinismo soviético (que auguraba el derrumbe del orden mundial capitalista) que del amanecer de un fallido tercermundismo sin destino.

Más de cincuenta años y tres años después, Vaca Narvaja sigue siendo en espíritu aquel mismo cuadro de los 70, El Vasco, según su nombre guerrero de la clandestinidad violenta, uno de los “12 apóstoles fundadores” de Montoneros, en su caso de la línea Córdoba, donde reconoce su origen familiar, como parte de una extensa prole de 12 hermanos (coincidencias de la numerología), siete varones y cinco mujeres, de familia “tradicional cordobesa, por parte de madre”, como él mismo informó en la entrevista de Youtube. La política corrió en sus venas desde chico. Su padre, Hugo Vaca Narvaja, fue ministro de Frondizi en los primeros tiempos de su gobierno. Y fue muerto durante la dictadura militar de Videla.

A pesar del tiempo transcurrido, no parece asomar en él ni una pizca de voluntad para ejercer el pensamiento crítico o asumir desde la reflexión algo parecido a una revisión de los errores cometidos en aquellas batallas perdidas y de tantas vidas segadas, que lo tuvieron como uno de los grandes protagonistas, desde que consiguiera escapar como preso político de la dictadura de la cárcel de Trelew, junto a otros altos jefes guerrilleros, él como único representante de Montoneros, el 15 de agosto de 1972 y que concluyera una semana después con la masacre de quienes no habían podido escapar, 19 combatientes fusilados a sangre fría, indefensos, librados a la buena de Dios.

El destino estuvo del lado de aquel muchacho de familia patricia cordobesa, tanto en Trelew como en la contraofensiva. Su fuga del sur le sirvió no sólo para salvar su vida, también para atestiguar sobre la matanza, en un demorado juicio que tuvo lugar en 2009.

El 15 de agosto de 2003, Fernando Vaca Narvaja mientras es trasladado a los tribunales de Retiro para declarar ante el juez federal Claudio Bonadio, quien imputó a los jefes montoneros por la desaparición de sus militantes durante la contraofensiva". Foto: EFE / Enrique García Medina

El 15 de agosto de 2003, Fernando Vaca Narvaja mientras es trasladado a los tribunales de Retiro para declarar ante el juez federal Claudio Bonadio, quien imputó a los jefes montoneros por la desaparición de sus militantes durante la contraofensiva». Foto: EFE / Enrique García Medina

Preguntado si “había matado”, eludió una respuesta clara, quizá guiado por la prudencia de no abrir alguna puerta en los laberintos leguleyos, atento además a los códigos de la opinión pública que, por evidentes, pueden demoler reputaciones más que las penas efectivas de la justicia o que las decisiones administrativas salvadoras: luego de la condena civil que recibió en el gobierno de Alfonsín, el indulto de Carlos Menem lo rescató junto a otros popes montoneros.

El indulto de Menem

El riojano pagó así la deuda por el apoyo económico de Montoneros para llevarlo a la Presidencia de la Nación: quiso dejar en el olvido, sin lograrlo, las acciones del pasado de Mario Firmenich, Vaca Narvaja y compañía. En todo caso, ese esfuerzo no alcanzó para restituirlos a la vida política. Los jóvenes comandos de los 70 tuvieron un paso breve, pero intenso en aquel tiempo, en el que pasaron de la ejecución de Aramburu, su presentación en sociedad, a la reivindicación de Evita, el traumático divorcio con Perón, cierta cercanía con el almirante Emilio Massera en un centro piloto en París para “mejorar la imagen” del país en el exterior a la contraofensiva suicida, reivindicada aún hoy.

A propósito de aquella asamblea cismática en la Plaza de Mayo del Día del Trabajador en 1974, en su reaparición pública Vaca Narvaja negó una vez más que el legendario caudillo -quien aun en el final de su vida era demasiado para esos jóvenes que jugaban a la revolución sin medir riesgos-, los haya echado de la Plaza, al bramido de “imberbes” y “esos estúpidos que gritan”. Según Vaca Narvaja, se fueron “por propia voluntad.” ¿Quién con un mínimo de dignidad se hubiese quedado allí, sin reacción, ante semejante catilinaria, una tunda política pública sin registro en la historia criolla?

La reaparición de Vaca Narvaja no aportó sino lo ya conocido. Un hombre y un grupo anclado en el pasado, con la falsa memoria de un heroísmo cuanto menos dudoso. Es falso que Montoneros haya contribuido a la caída de la dictadura. Al revés: pavimentó su llegada con los atentados continuos en el tiempo agónico de Isabel Perón, ya muerto el fundador del peronismo, cuando el grupo que él conducía junto a Firmenich y Perdía, ya en la clandestinidad, se sumaba a los ataques del ERP que hacían del país una tierra sin paz ni ley, convertida en un camposanto cotidiano, en una batalla sin cuartel con las bandas paraestatales de la Triple A, bajo la conocida consigna políticamente suicida de “cuanto peor, mejor”. El resultado fueron miles y miles de muertos y desaparecidos. Cuando las tropas militares tomaron por asalto el mando de un país desquiciado, Vaca Narvaja y parte de su familia ya estaban exiliados en México.

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