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El cisne negro de Alberto Fernández y Joe Biden, peronismo pro Putin y la Vendimia opositora

Apuestan sobre quién se enoja primero con Alberto

Martes de fiesta, Alberto y Biden en el dial, cierran en la misma jornada un Carnaval entristecido por los vientos de guerra. El presidente argentino abre el año legislativo por la mañana y su colega norteamericano reza por la noche en Washington el discurso sobre el Estado de Nación, un ritual equivalente, que es balance y programa. Compiten por el rating en momentos de gran atención del público. Se levantan apuestas para la asamblea del martes sobre quién abandonará primero el recinto. Si serán los cristinistas cuando Alberto defienda el acuerdo con el FMI, o si lo hará la oposición cuando el presidente entone el rap de la herencia recibida y cargue las tintas contra la figura de Macri.

En Diputados hay cabildeos para unificar conductas. Hay quienes creen que al primer insulto a la herencia recibida hay que levantarse y mandarse a mudar -son más bien del PRO-. Otros -UCR, Coalición- creen que es más rentable escuchar calladitos y responder después. La agresividad eventual de Alberto lo perjudica más a él mismo que a ellos. Hay citaciones cruzadas a cumbres de las mesas partidarias y nacionales de Cambiemos el martes y el miércoles, para responder a los discursos del presidente y redondear posiciones sobre el FMI y la guerra ucraniana.

Rituales ante un Congreso paralizado

Alberto hablará ante un Congreso paralizado por un cóctel venenoso. Se compone de:

1) La pérdida del bancas en las dos cámaras, que produce un virtual empate para tratar temas estructurales.

2) La división interna que el peronismo arrastra desde hace 20 años, que se suspendió en 2019 para ganar las elecciones, pero que ha recrudecido.

Lo prueba al derrota del 14-N y la renuncia de la familia Kirchner a compartir el principal programa de Olivos, que es el acuerdo con el FMI. Esta parálisis llega a minucias de la vida legislativa, como la suspensión de contratos de asesores, y las negociaciones para la integración de las comisiones.

En el Senado se agregan inquinas severas, como el pedido de amparo que hizo la oposición en diciembre contra la legalidad de la sesión que aprobó el impuesto a Bienes Personales. El oficialismo respondió a la demanda con la firma de la abogada Graciana Peñafort, que acusa a la oposición de «excesivo rigorismo» al cuestionar el quórum. Es difícil que la Justicia haga caer esa ley, pero promete ser otra batalla que llegará a la Corte. Aunque tienen más chances de prosperar en Tribunales las demandas contra el cese de contratos. Con la comida no se jode, dijo Scioli.

La debilidad enloquece a los que gobiernan. Richard Nixon asumió en 1969 como el primer presidente desde 1848 sin control sobre las dos cámaras del Capitolio. Zafó negociando y triangulando con los demócratas para sacar leyes, pero sucumbió al final por debilidad legislativa.

Encima, les tocó una guerra

El clima no puede ser más sombrío por la amenaza de un conflicto global que les agrega padecimientos a los del Covid y el de las migraciones -hasta ahora era el drama más grave desde la Segunda Guerra-. Ni Alberto ni Biden esperaban una guerra, cisne negro si los hay, que pone a los gobiernos ante opciones poco frecuentes. No tenés una guerra… hasta que tenés una guerra. Las pantallas apuran el relato de ese absurdo de jóvenes y civiles que mueren porque sus mandatarios no se ponen de acuerdo.

Como el Covid, la guerra se mira por TV, y el minuto a minuto la convierte en un imposible que no puede durar mucho, porque el gobernante que emprende una guerra se abre a así mismo, en el acto, un proceso por delitos contra la humanidad. Sobran las explicaciones. Hannah Arendt enseñó algo que el periodismo sabe mejor que nadie: «Ninguna filosofía, análisis o aforismo, por profundo que sea, puede compararse en intensidad y riqueza de significado con una historia bien narrada» («Sobre la humanidad en tiempos de oscuridad: Reflexiones sobre Lessing», 1959).

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Ordenar una guerra es arrojarse en manos del derecho global y ganarse un turno en la Corte Penal Internacional. Por eso Estados Unidos y Rusia encabezan la lista de países que no han firmado el Tratado de Roma, que crea esa Corte que castiga los crímenes de guerra. Hay exfuncionarios y expresidentes que evitan los viajes internacionales por temor a que los intercepte algún brazo de punitivismo internacional, como le ocurrió a Pinochet en 1998. La guerra misma es un crimen, equiparable al delito común, escribió Alberdi, que aún nos guía («El crimen de la guerra», 1870).

Putin, ídolo de los conservadores

El riesgo de terminar entre rejas, entre dictadores africanos come niños o carniceros bosnios, llama a la prudencia de los terceros países en el momento de alinearse ante el conflicto. La opción ucraniana moja las orillas de la pelea preelectoral. El Gobierno ha condenado la ocupación, pero le cuesta despegarse de la adhesión del peronismo a los regímenes autoritarios. Su sesgo anti-liberal les hace amar a los Putin, con su ingrediente anti-yanqui. Es hoy el adalid del conservadorismo mundial, que se abraza al clericalismo de la Iglesia ortodoxa, pilar de su proyecto nacionalista, a la evocación zarista y que, además, corre con la antorcha a la cabeza de las campañas homofóbicas de otros regímenes autoritarios.

El anti-liberalismo del peronismo es simpático con un régimen como el de Putin, que gobierna con lo que el politólogo Timothy Snyder llama «la política de la eternidad». Consiste en creer que realmente no hay un futuro, que todas las cosas buenas quedaron en el pasado. Y la razón por la que ya no tenemos esas cosas buenas es por culpa de otras personas, generalmente enemigos internos («The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America «, Tim Duggan Books, 2018). De ahí la reelección permanente, que fascina a los acólitos criollos del ruso.

Stalin gobernó casi 30 años (1924-1953), Leonid Brezhnev, 18 (1964-1982). En 2024, cuando finalice su actual mandato, Vladimir Putin habrá gobernado casi un cuarto de siglo (2000-2024). Estos jerarcas, comunistas o pos-comunistas, convivieron con decenas de presidentes de 4 u 8 años que nacieron cuando ellos ya tenían cargos altos de gobierno. Es una superioridad política sistémica, que las democracias liberales tendrán alguna vez que remediar. Con política. Construyendo las instituciones que superan a las personas.

El inútil combate contra las metáforas

Esas filias le facilitan el discurso a la oposición, que tiene una postura liberal y desreguladora, para desmarcar del oficialismo que teme, como advierte el cohetazo a la luna de esta semana, que en 2023 la Argentina pueda iniciar un gobierno «neoliberal», con Macri o algún otro candidato. Lo admiten con la misma resignación que aquella peña cristinista de «Carta Abierta».

Antes de 2015 afirmaron en un párrafo de una declaración que ellos no admitirían nunca una «restauración conservadora» como la que proponía Cambiemos. Tuvieron que soportar el 2015-2019, y ahora la derrota del 14 de noviembre. Un vaticinio sombrío para 2023, que explica las divisiones en el oficialismo. De paso, conmueve su insistencia en concentrar sus peleas en objetivos metafóricos como «lawfare», «neoliberalismo», «mesa judicial». Son creaciones del periodismo para simplificar conductas. Que los protagonistas las tomen como si fueran partidos políticos, figuras legales, y no simplificaciones de movileros, explica la insolvencia de esas batallas.

El peronismo las alzó en la campaña de 2015 -y perdieron como en la guerra-. Les vendría bien un llamado a revisar esas tácticas que, como la bandera del FMI, les hizo perder más de 5 millones de votos, difíciles de recuperar con jarabe de pico. Macri se prepara para una gira por los Estados Unidos en donde dará clases en una universidad y desplegará una agenda con políticos y empresarios, para mostrar la adhesión de la oposición al atlantismo antisoviético.

La fiebre federal los contagia a todos

La cita más importante de los adversarios del gobierno la motiva la Fiesta de la Vendimia de Mendoza. Ese santuario opositor es gobernado por el radical Rodolfo Suarez, que ha invitado a los gobernadores de ese signo y a los jefes legislativos. Estos encuentros -como el de Jujuy de Gerardo Morales, Horacio Rodríguez Larreta, Maxi Ferraro, Diego Santilli- expresan bien cómo el armado federal compromete a todas las fuerzas.

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Mientras, el oficialismo bascula en busca de un entendimiento entre el peronismo del AMBA -el de la tambaleante trifecta Alberto, Sergio, Cristina- y los gobernadores, que buscan alguna fórmula que les permita remontar el resultado del 14-N y evitar que la desgracia del AMBA arrastre al peronismo a una derrota en 2023.

La oposición de Cambiemos hace un juego similar con el arbitraje entre la UCR -que preside el jujeño Morales- y el eje AMBA que representan Larreta (socio estratégico del nosiglismo con el que comparte la gestión en la CABA), Macri, Patricia Bullrich. Los radicales, la fuerza de más despliegue territorial de Cambiemos, convocarán a un Congreso Nacional de la UCR en Córdoba. Asistirán unos 2 mil dirigentes de todo el país.

En el medio está Elisa Carrió, que representa adhesiones en la Capital y en los principales distritos. Allí navega también el Peronismo Republicano de Miguel Pichetto. Este sector prepara para el 21 de abril la presentación de una Mesa Federal con representantes del 20 provincias. Ensayan una nueva marca partidaria que los unifique, «Encuentro», que viene de una de las fundaciones que han aportado al arco opositor y que coordinan Pichetto, Andrés Cisneros, Eduardo Mondino, Miguel Toma y Julio César Aráoz, uno de los grandes «Chiches» de la política criolla.

También en PRO se alzan los territoriales

En el PRO también hay ruidos de fronda federal. Una treintena de legisladores nacionales de esa fuerza devoraron un asado el miércoles pasado en la sede del Círculo de Legisladores, uno de los serpentarios más activos del barrio de Congreso. Venían la mayoría del interior a participar de la presentación de la Mesa Federal de Cambiemos. Juntos son más que su suma numérica, y se preguntan por la conveniencia del imperio porteño sobre del PRO.

Este partido nació de dirigentes de la CABA como Macri y Larreta, pero navegan en el mar del conservadorismo nacional y tienen más diputados que la UCR. Algunos se creen desatendidos por la cúpula partidaria de Patricia Bullrich, que recorre el país admitiendo que lo hace para blindar una candidatura presidencial, a la que arrastra voluntades provinciales. Otros, quejosos ante las efectividades conducentes, piden que por lo menos les paguen los pasajes para cumbres como la del martes anterior en La Escondida.

Estaban en el asado Omar De Marchi, numen del interior (que los espera en la vendimia mendocina), los hermanos Schiavoni -senador Humberto, ex presidente del partido, diputado Alfredo-, Federico Angelini, Laura Rodríguez Machado y Pablo Torello, a quien Lilita llama «El Torello bueno», y es hermano de José, flamante senador y apoderado nacional del partido.

Tironeos clandestinos

Este ala vibra por los coqueteos entre dirigentes del PRO y otras expresiones del espectro conservador. Hace dos semanas, referentes de varias provincias estuvieron con Javier Milei en reuniones discretísimas en Córdoba, de las que nadie quiere hablar mucho. Hubo hombres del Partido Demócrata Nacional como Carlos Balter o Guillermo MacLoughlin. En Mendoza, el PD se separó hace rato de Cambiemos. Pero en el orden nacional es una fuerza orgánica en la que todo se conversa y se acuerda.

No hay caciques mandones. En eso son más liberales que conservadores. Los tironean los liberistas de Milei, Bullrich -paladar macrista- y Larreta, socio de los radicales. El sector prepara, también para abril. una cumbre de dirigentes «federales» del PRO en Mendoza, que convocará, según se escuchó en el asado del Círculo, a más de 300 referentes de todo el país. Prometes discutir todo, pero todo. No la tienen fácil.

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