Deuda y FMI: como un espejo del pasado, La Cámpora y el cristinismo vuelven a quedar en minoría

La votación en Diputados para autorizar al Gobierno a refinanciar la deuda con el FMI pareció retrotraer a la Cámara a otras configuraciones, como la de inicios de la gestión Macri, cuando el entonces oficialismo de Cambiemos sin mayoría propia negociaba el quórum y aprobación de las leyes con el Frente Renovador de Sergio Massa y el bloque Justicialista del peronismo no K, que representaba “los intereses” de los gobernadores.

Esa dinámica funcionó con arduas negociaciones sobre todo en 2016 y 2017, y algo continuó después ya con un interbloque peronista no K -Argentina Federal- que creció tras las legislativas de 2017 y un bloque massista más reducido.

Frente al acuerdo con el FMI, el bloque “virtual” que lidera Máximo Kirchner de una treintena de diputados quedó por propia opción en la vereda del rechazo. Tanto al texto definitivo que Sergio Massa negoció con Juntos por el Cambio, como antes también al proyecto en el que el ministro Martín Guzmán iba “por todo” reclamando que la oposición levantara la mano para votarle su programa económico.

En contra del gobierno del que forma parte y en el que ocupa lugares clave de poder y de decisión, el cristicamporismo votó así junto a la Izquierda y llamativamente también los diputados libertarios- economistas, que consideraron que el acuerdo con el FMI no va por la senda del ajuste que debiera tener.

En aquel 2016 el kirchnerismo que venía de la derrota electoral presidencial, era una bancada enorme, que perdió unos 15 diputados cuando se formó el bloque Justicialista (que presidía el salteño Pablo Kosiner) pero así y todo contaba con unos 80 legisladores, incluidas espadas económicas como el ahora gobernador Axel Kicillof. Pero ese gran poder de fuego tenía la pólvora mojada, y en debates clave terminaba quedando en minoría.

Los macristas Emilio Monzó titular de la Cámara, y Nicolás Massot su mano derecha y jefe del bloque Pro, negociaban con todos, pero sabían que no podían contar en la mesa al kirchnerismo.

Como sucedió la semana pasada, en que los centros políticos de las dos grandes coaliciones (Frente de Todos- Juntos por el Cambio) y el imperativo de la gobernabilidad -de la Nación, de las provincias- para no caer en default terminó imponiendo la aprobación.

En aquel 2016 por ejemplo, con el rechazo del bloque K -que comandaba Héctor Recalde- Diputados sacó adelante leyes clave como la ley ómnibus que incluía el blanqueo de capitales y el pago a los jubilados; el pago de la deuda a los holdouts; o el Presupuesto para el año siguiente, ocasión en que una docena de diputados con “responsabilidad territorial” y terminal en sus gobernadores se le escurrieron al bloque K y acompañaron la ley de leyes.

Acorde con una demanda social «anticorrupción» se votaron la ley del Arrepentido (al calor del escándalo por el revoleo de bolsos con 9 millones de dólares de José López en un convento) y la Extinción de Dominio para “recuperar los bienes robados de la corrupción -proyecto original de la massista Graciela Camaño- que no tuvo luz verde del peronismo en el Senado, fue devuelta llena de cambios en su esencia y al final nunca fue ley.

En aquel Senado al que Cristina Kirchner entró en 2017 como senadora por «Unidad Ciudadana”, Miguel Pichetto mandaba el bloque del FpV que acompañó -al igual que el peronismo no K en Diputados- la reforma previsional de fines de 2017, y que iba dentro de un paquete de leyes negociado -y de conveniencia- de los gobernadores, junto al Pacto Fiscal y la Responsabilidad Fiscal (así recordaba Pichetto cuando hubo conatos de rebelión contra esa reforma).

Los leales a Cristina -el cristicamporismo- tenían entonces apenas 9 senadores. Como en Diputados la semana pasada, en la discusión por la deuda con el FMI habría voto dividido y volvería a resurgir este bloque “virtual”, espejo del pasado, en minoría casi testimonial pero con la mira puesta en 2023.

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