Alberto Fernández, el discurso de un héroe cínico

Cinismo: actitud de la persona que miente con descaro y defiende o practica de forma descarada, impúdica y deshonesta algo que merece general desaprobación.

Alberto Fernández está vestido y peinado como para una boda. A sus flancos el sol brilla sobre las hojas y las flores de Casa Rosada en una tarde perfecta. El Presidente se despide y hace una síntesis de su gestión. O de cómo él la percibe.

Tono calmo. Gesto sereno. Está más delgado y sonríe. Apenas estira un par de silencios como buscando alguna palabra más ajustada a lo que está queriendo decir. Quiere que creamos que está improvisando.

Es difícil interpretar eso, porque es obvio que está leyendo y está siendo grabado (será obvio un poco más adelante, cuando comience a recitar cifras sobre diferentes rubros, una tras otra).

Comienza con una especie de disculpas. Los objetivos no se pudieron cumplir. El horizonte de la justicia social estuvo siempre adelante pero no se alcanzó.

Tuvimos mala suerte: la pandemia, la sequía y varias cosas más. Pero buscamos vacunas por todos lados y vacunamos a troche y moche. Los encerramos porque era lo que nos decían que teníamos que hacer.

Ya no hace falta pensar en los costados sombríos de cada una de esas afirmaciones. En lo que todos supimos y sabemos.

Pero Alberto finge que no sabemos.

Que las vacunas las esperamos más de la cuenta porque sólo queríamos las rusas y para las americanas nos decían que debíamos entregar los glaciares y los lagos del Sur.

Y que cuando llegaron vacunamos primero a Carlos Zannini, a su mujer y a otros ciudadanos de primera categoría por sobre el resto que agonizaba en pulmotores.

Zannini, procurador del Tesoro, se anotó en las planillas como “personal de salud”.

No le dio vergüenza. Le pareció bien.

Después dijo que Horacio Verbitsky, también vacunado antes que todos, tampoco debía sentir culpa porque “es una personalidad que necesita ser protegida por la sociedad”.

Por las dudas, a la Sociedad no le preguntaron nada. La Sociedad eran ellos.

El episodio de la vocera presidencial mostrándole las piedras por los muertos en la pandemia a una funcionaria española como “las piedras que puso la derecha” tampoco fue mencionado.

Se ve que el discurso sólo incluía cosas importantes.

Después de ese trastabilleo inicial -cumpleaños de mi querida Fabiola y otras minucias que también quedan al margen-, el Presidente Alberto enumera una extraordinaria saga de logros históricos que, en el tono y la amplitud de los acontecimientos descriptos, deberían hacerlo inmortal.

Uno de ellos es no haberle hecho ningún juicio a ningún periodista durante su mandato.

En lo económico el país ha crecido tanto, ha bajado tanto la desocupación y el hambre, ha llegado a niveles tan extraordinarios el uso de la instalación industrial disponible, que es verdaderamente insólito que ni el mundo ni los argentinos nos hayamos dado cuenta de nada de eso.

Muchas veces dice «jamás antes en la historia habíamos conseguido» tal cosa. Y tal otra. Y tal otra.

Describe un gobierno de logros históricos que sólo él ha visto.

Es un discurso cínico en el estricto sentido de la definición que encabeza estas líneas.

Pero, si él lo cree, es también el discurso de un héroe silencioso, que renuncia a la gloria y se corre voluntariamente para dar paso a un nuevo gobierno movido por su humildad sin par.

Porque es verdaderamente increíble que no se haya postulado a la reelección, aunque sea a competir en las PASO por su propio espacio, si realmente creyera que el país que deja es al menos la mitad del que acaba de describir.

Es desde ese pedestal de héroe cínico que le advierte al próximo gobierno que no debe hacer un ajuste, porque la situación heredada es prácticamente la de una Argentina potencia.

«El nuevo gobierno encontrará un país más potente», exclama, así nomás. Con todas las letras.

Alberto quiere hacernos creer que nos defiende el último día de su mandato.

Que nos prepara para lo que viene. Sobre todo si lo que viene es malo, como parece suponer.

Y finge no creer, en absoluto, que justo por eso -porque su Presidencia fue tan mala- es que él, su gobierno y sus aliados se van tras la derrota.

Es un estado de negación crónica que lo ha acompañado desde los retos cíclicos de su compañera de fórmula.

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El discurso completo de Alberto Fernández por cadena nacional

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