A veinte años de la Tragedia de Río Turbio, un viaje personal a las entrañas de la mina de carbón que se convirtió en un cementerio

A veinte años de la Tragedia de Río Turbio, un viaje personal a las entrañas de la mina de carbón que se convirtió en un cementerio

La mina de carbón que inició su actividad en 1968 -la más antigua del país- le da vida a las localidades de Río Turbio y 28 de Noviembre, ubicadas al suroeste de la provincia de Santa Cruz. Son 80 kilómetros de galerías con frentes de explotación donde, a 600 metros bajo tierra, los trabajadores del carbón extraen el mineral. A ese lugar signado por la oscuridad hasta el año pasado sólo podían ingresar hombres. Las mujeres sólo podían hacerlo el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara -patrona de los mineros-. Una ley cambió esa histórica tradición. Eso permitió que las damas podamos ingresar en cualquier momento y conocer un poco esa vida nocturna bajo tierra.

Esas galerías están marcadas por el dolor, por la tragedia. El incendio y posterior derrumbe que se cobró la vida de 14 trabajadores del carbón se inició en la Galería 2P5, más específicamente en la Unión 9. Se trata de una sección donde la iluminación es baja, con un aire fresco constante porque la mina cuenta con un fuerte sistema de ventilación. Un aire que podría ser un leve viento, que se percibe en el rostro, que se respira frío.

Mina 5, que es el complejo carbonífero, cuenta con dos galerías principales que se encuentran unidas cada 250 metros con lo que bajo tierra llaman “uniones”. Desde las mismas, se dispersan las labores hacia abajo o hacia arriba de la superficie. A esas uniones los mineros llegan en los colectivos que recorren kilómetros sobre un terreno arenoso, con huellas marcadas y rocoso de a momentos. A medida que avanzan por esa senda bajo tierra, la oscuridad crece y los sonidos parecen amplificarse.

El ingreso principal a Mina 5 donde hace 20 años, ocurrió la tragedia que se cobró la vida de 14 mineros. Foto: Fernando de la Orden

El tren que circula a metros de la empresa -y por ende, de Mina 5- es uno de los sonidos ambiente de Río Turbio. Los vagones van cargados de carbón y se dirigen en un viaje de diez horas, hasta Punta Loyola, un puerto que se encuentra frente a Río Gallegos y desde donde se exporta el mineral extraído.

Ingresar a la mina requiere de un protocolo. Una charla de Seguridad a cargo de uno de los jefes, la explicación de uso de todo el equipo que nos proporcionarán, como los autorescatadores que otorgan treinta minutos de oxígeno ante cualquier contingencia. “Claro, en 2004 YCRT no tenía autorescatadores que existen hace mucho tiempo, sino posiblemente muchos más mineros se habrían salvado”, nos cuenta Andrés mientras detalla los beneficios del aparato.

¿Alguno es claustrofóbico?

La preparación incluye algunos controles médicos y una pregunta fundamental: “¿Alguno es claustrofóbico?” La respuesta es excluyente para continuar con el proceso. Después de colocarnos el mameluco correspondiente y los zapatos que requiere ese tipo de terreno y que cumplen las reglas de seguridad, nos dirigimos a otro sector de la empresa donde nos entregan la lámpara, el casco al cual se conecta la misma, y el autorescatador. Todo se lo acomodan rápidamente, con naturalidad. A nosotros nos lleva no sólo más tiempo, sino que indefectiblemente, necesitamos de la ayuda de ellos.

Recorriendo la cinta transportadora de carbón donde se inició el incendio el 14 de junio de 2004. Foto: Fernando de la Orden.Recorriendo la cinta transportadora de carbón donde se inició el incendio el 14 de junio de 2004. Foto: Fernando de la Orden.

La primera sensación es la de un equipo pesado en la cintura, el calzado también aporta lo suyo, y una percepción inicial de los mineros cargando bajo tierra y durante horas con todo ese peso más las herramientas de trabajo. Y sabemos que es tan sólo una aproximación a esa ardua tarea que transcurre en la oscuridad.

Con todo el equipamiento requerido nos subimos a la camioneta de YCRT y comenzamos el camino de ingreso a Mina 5. “Sos la primera periodista mujer que ingresa en esta época”, me dice Belén Millanahuel, Jefa de Departamento de Seguridad Operativa de Minas. Hasta el 2023 las mujeres no podían ingresar, la única posibilidad de hacerlo era el 4 de diciembre cuando se celebra el día de Santa Bárbara, patrona de los mineros.

Es un cambio histórico de paradigma. Una antigua superstición sostenía que las mujeres en el interior de mina sólo ocasionaban desgracias. Llamativamente, a quien se encomiendan cada vez que ingresan a la mina es a una mujer.

Santa Bárbara la patrona de los mineros, está presente en cada rincón de YCRT. Foto: Fernando de la Orden.Santa Bárbara la patrona de los mineros, está presente en cada rincón de YCRT. Foto: Fernando de la Orden.

Es impactante el respeto que tienen hacia Santa Bárbara. La veneran, la tienen presente en cada momento. Dentro de YCRT hay una imagen realizada en carbón. Más representativa de la actividad no puede ser, es lo primero que pienso. Cuando se está por ingresar a la mina, a mano izquierda hay un altar de la patrona de los mineros, y todos se persignan, se encomiendan a ella a la hora que sea, en el momento que sea. Por supuesto, en el interior de mina, hay otra imagen. Rige la actividad.

Nos acercamos a la entrada de Mina 5. Sobre ese arco con el cartel de YCRT hay una placa negra con 14 cascos dibujados y en cada uno de ellos, un número que responde al legajo de cada uno de los mineros que falleció hace 20 años, en el interior del socavón. Todo impone respeto.

Las mujeres, a raíz de una ley provincial, ahora pueden ingresar en cualquier momento del año a la mina. Foto YCRTLas mujeres, a raíz de una ley provincial, ahora pueden ingresar en cualquier momento del año a la mina. Foto YCRT

Una oscuridad que se va comiendo todo

Los vehículos se adentran en la mina, donde la oscuridad se va comiendo todo. El movimiento en las camionetas es constante producto de la superficie sobre la que transitamos. Si bien usamos gafas protectoras, lleva un tiempo acostumbrarse a la negrura. “Los mineros a veces llaman para preguntar la hora, o si afuera está nevando”, cuentan desde la central que tiene comunicación directa con Mina 5.

Pasan los minutos y transitamos más metros dentro de la mina de carbón. Estamos bajo tierra, aunque no a la profundidad a la que los mineros se someten cuando trabajan en los frentes de explotación desde donde se saca el carbón. De a momentos la sensación de encierro crece, la luz natural que indica la salida ya no se vislumbra. Quedó lejos.

Los dos vehículos se detienen en la Unión 9, donde inició la tragedia del 14 de junio de 2004. En la pared izquierda de esa galería principal, hay una placa con el nombre de los trabajadores que perdieron allí, la vida. Sus números de legajo y una imagen de Santa Bárbara. El personal que nos acompaña se acerca a ese pequeño altar que se construyó, recuerdan los nombres de sus compañeros y reviven aquella noche.

El lugar donde hace hace 20 años, ocurrió la tragedia de Río Turbio. Foto: Fernando de la Orden.El lugar donde hace hace 20 años, ocurrió la tragedia de Río Turbio. Foto: Fernando de la Orden.

Cristian Casas es jefe de Departamento de Producción, tiene más de veinte años trabajando en YCRT. Es su lugar de pertenencia. Aquel 14 de junio se estaba dirigiendo como cualquier noche a trabajar, y cuenta ahí en la Unión 9 el minuto a minuto de cómo se inició el incendio. “Nos dimos cuenta de que algo pasaba porque vimos pasar los camiones de bomberos y después en la radio se habló de una tragedia”, relata. Al igual que otros mineros, Casas recuerda con total vigencia aquella fatídica noche.

Cruzamos una puerta de madera, pesada, con un sonido hueco. Del otro lado, el frío es aún más palpable. La ventilación continua que tiene la mina de carbón genera ese ambiente que no conoce de calidez. Cuando atravesamos esa puerta, el sonido es abrumador. La cinta transportadora está allí, frente a nosotros. Kilómetros y kilómetros de cinta que saca de esas profundidades el carbón hasta llevarlo al exterior.

Cristian me muestra los detalles de esa cinta donde hace veinte años comenzó el incendio. Es extraño en un comienzo, estar pisando la misma tierra y estar frente al lugar de la génesis de una de las mayores tragedias en la industria minera de nuestro país. Los mineros no tenían mucha alternativa de escape: los materiales del techo de la caverna en ese entonces contribuyeron a que el fuego se incrementara y la piedra en estado incandescente después produjo el derrumbe que selló toda posibilidad para que los mineros salieron de allí.

La cinta transportadora se cambio por completo, después del incendio y el posterior derrumbe de 2004. Foto: Fernando de la OrdenLa cinta transportadora se cambio por completo, después del incendio y el posterior derrumbe de 2004. Foto: Fernando de la Orden

Ahora es una cinta única, continua, automática. Cristian me explica la diferencia y nos acercamos al punto exacto donde el carbón se enbancó y con la fricción de los rodillos de la cinta, se inicio el fuego.

Ese lugar quedó en completo desuso, pero meses después de la tragedia los propios mineros movieron los escombros y bajo la intervención de Daniel Peralta pusieron en funcionamiento la mina. Aún lloraban a sus muertos en la Cuenca y el temor de otra desgracia estaba latente, pero incluso volvieron al socavón varios sobrevivientes porque les resultaba más imperante que no se deje de producir. Estando allí, cuesta dimensionar ese ímpetu y determinación.

La entrada a Mina 5, el lugar que da vida a dos pueblos de Santa Cruz. Foto: Fernando de la Orden La entrada a Mina 5, el lugar que da vida a dos pueblos de Santa Cruz. Foto: Fernando de la Orden

Una negra humedad que me llevaré en el cuerpo para siempre

La puerta se cierra a nuestras espaldas: necesité de la ayuda de uno de los trabajadores de la mina para hacerlo. Moverla es algo laborioso, su peso se siente en el espesor de esa madera restituida allí después del incendio. Cada rincón que recorremos de la mina es testigo de aquella noche trágica en el que ese lugar se convirtió en un cementerio.

Después de recorrer ese espacio volvemos a la galería principal, donde a lo lejos dos luces de un camión iluminan el lugar y el sonido del motor se comienza a sentir más cerca. Esa es la ruta por la que circulan los camiones y colectivos que trasladan a los mineros. El movimiento es pausado pero continuo. No aturde, sólo anticipan su llegada las luces a lo lejos.

Mirar hacia arriba, a ese techo de rocas y tierra, es imponente. Es de un negro intenso, una superficie robusta, imperfecta y que devuelve la misma temperatura helada que su superficie.

Marcelo y Cristian, dos décadas trabajando en YCRT y el recuerdo constante de los compañeros que perdieron el 14 de junio. Foto: Fernando de la OrdenMarcelo y Cristian, dos décadas trabajando en YCRT y el recuerdo constante de los compañeros que perdieron el 14 de junio. Foto: Fernando de la Orden

La inmensidad del lugar puede medirse por su longitud: es un extenso túnel el interior de la mina, al que no le descubre su fondo, su profundidad y únicamente, cuando algún vehículo viene en sentido contrario al que nos encontramos, puede tenerse alguna noción de la distancia. Pero son todos supuestos. Todo cobra mayor dimensión: los kilómetros recorridos, la temperatura del lugar, los metros bajo tierra. Hay un ritmo propio del lugar que rige la cotidianidad de los mineros.

El ingreso y el egreso de los trabajadores del carbón se intensifica. Nos acercamos a la hora del cambio de turno y ese es otro reloj bajo tierra. Marca, además, nuestra hora de salida. Me preguntan cómo me sentí y no es tan fácil de describir. Durante varios minutos no pude responder más que “bien, fue una gran experiencia”. Todo ello era cierto, pero me resultaba escaso como definición.

YCRT es la mina de carbón más antigua de la argentina y corre riesgo, nuevamente, de ser privatizada. Foto: Fernando de la Orden YCRT es la mina de carbón más antigua de la argentina y corre riesgo, nuevamente, de ser privatizada. Foto: Fernando de la Orden

No fue sino pasado un buen rato, cuando nos estábamos sacando los equipos, el mameluco y los borceguíes, que entendí un poco más que había logrado ingresar a una mina de carbón, siempre custodiada por Santa Bárbara. Y recordé una canción de Eduardo Guajardo, un músico santacruceño que le canta su ciudad natal: Río Turbio. Él habla de los mineros como personas que mezclan “el día y la noche” y dice “qué extraña forma de vida nacer otra vez cada día”. Ahora entiendo más cabalmente aquella expresión.

Cuando nos retiramos de la mina decendimos frente al ingreso principal. El día anterior había nevado; el suelo negro plagado del polvillo que el viento traslada de las montañas de carbón que hay en todo el predio de YCRT, dibujaba un camino de huellas marcadas por doquier. Caminamos por allí e ingresamos al santuario de Santa Bárbara, donde hay fotografías de cada uno de los mineros que perdieron sus vidas dentro del socavón. Nadie da la orden pero todo eso transcurre en un tono de voz suave, reverencial. Y así, nos retiramos de ese emblemático lugar y donde se escribió una de las páginas más tristes de la inhóspita cuenca carbonífera.

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